DEL 17 DE ENERO AL 18 DE MAYO DE 2025
ARTISTAS : Lola Barcia Albacar i Marinela Forcadell Breva (Fotolateras)
Lola Barcia y Marinela Forcadell comenzaron a cocinar imágenes en 2008; ese fue el momento en el que nacieron Fotolateras. La historia comenzó cuando Lola contagió a Marinela su fascinación por la imagen estenopeica, técnica basada en el procedimiento básico de la fotografía. Este proceso consiste en crear una cámara oscura a partir de un objeto, introducir en su interior un papel fotosensible, colocarlo frente a aquello que se desea fotografiar, abrir un pequeño agujero y dejar que la luz se introduzca en el interior del objeto y haga su trabajo. Los orígenes de este método parecen remontarse al neolítico, pero también dejaron huella en culturas como la árabe, la china, la griega y la romana durante la antigüedad. Se dice que Canaletto se habría valido de este proceso para dibujar los bocetos de los que partieron sus pinturas de Venecia, aunque es muy posible que no fuese el único pintor clásico que lo utilizara. Velázquez, Ingres, Vermeer o Caravaggio también podrían haber aprovechado esta técnica para construir algunas de sus obras. La magia de la cámara oscura ha viajado a través de los siglos. Ninguna tecnología ha logrado enterrarla. Es una estrategia secreta que pervive a su silenciosa manera. Fotolateras afirman que ellas no hacen fotos, las cocinan. No se lanzan a captar imágenes. Lo que hacen es buscarlas valiéndose de la paciencia y la intuición. Son la antítesis de la urgencia de nuestros días y de la rapidez alimentada por las exigencias del mundo digital. Fotolateras no disparan. En su trabajo el sonido del clic queda sustituido por un silencio que se prolonga durante minutos. Piensan cada foto, la calculan teniendo en cuenta la intensidad de la luz. En la fotografía estenopeica, la imagen obtenida es el resultado de la división entre la cantidad de luz disponible y el tiempo de exposición. Hay serenidad en su manera de hacer y de observar, o quizá más bien haya que decir que su trabajo es fruto de la serenidad. Se valen de lo imprescindible para obtener lo que buscan. Aseguran que en su proceso creativo no hay lugar para la prisa: se desprenden de todo lo superfluo y dejan que las imágenes aparezcan llenas de sosiego. Ninguna fotolata –digamos que se han ganado el derecho a bautizar así su estilo- está realizada con prisa. El proceso requiere de su propio tiempo, un tiempo que dictamina el resultado. “Es concentración en acción”, dicen ellas. Por eso han acuñado esta frase sobre si mismas: “Todo el mundo va a la suya menos nosotras, que vamos a la nuestra”.
En su novela Lo bello y lo triste, Yasunari Kawabata escribió: “Los árboles parecían cubiertos por flores de rocío. Era la sutil floración de la lluvia de primavera; una floración que casi todos pasaban por alto”. Algunas de las fotografías de Fotolateras logran captar detalles que el ojo humano, sumido en el ajetreo diario, no percibe. Las fotolatas poseen la virtud de ofrecernos nuevos detalles cada vez que volvemos a ellas. Agnès Varda dijo en una ocasión que tenemos que inventarnos la vida. Con su arsenal de latas y su filosofía fotográfica, Fotolateras inventan la vida. Ellas sienten que sus fotos siguen el camino que propone la literatura de Kawabata. Si lo miramos con atención, el logo de Fotolateras es la bandera de Japón positivada, miniaturizada, convertida en estenopo. Es un símbolo zen y, al igual que la labor de cocinado de sus imágenes, resulta hipnótico.
En la construcción de cada una de estas imágenes hay pensamiento, deducción, interpretación, una actitud y una mirada. A través de ellas se aprende a contemplar de un modo diferente. A la naturaleza, la arquitectura, las personas. Su gran especialidad, el tema que empezó a guiar su proyecto fotográfico hace ya más de quince años, son las ciudades. Fotolateras trabajan fundamentalmente en la calle, ancladas en medio del ajetreo urbano. Dos mujeres manejando un trípode que en su parte superior tiene sujeta una lata de café. Verlas trabajar es como asistir a un ritual remoto. Ajenas a la prisa, concentradas en su objetivo, conforman una anomalía que también nos enseña a interpretarnos a nosotros mismos. “Soy una especie de espía”, dijo de sí misma la fotógrafa Vivienne Maier, a quien Fotolateras consideran un referente fundamental tanto por su manera de enfocar el objetivo como por su modo de concebir las imágenes: “Maier diseñó su propia economía de medios Se impuso la disciplina de no hacer más de siete fotos diarias. Dibujó muy bien sus límites que delimitan su obra: el tiempo, el espacio, la economía, la sociedad, nuestra propia conciencia”. En el fondo, ellas también operan como si fuesen confidentes de una realidad que solamente llegaremos a conocer cuando sus imagenes sean reveladas. Materializan en imágenes aquello que T S Eliot escribió: “Así, las tinieblas serán la luz y la quietud, la danza”.
Tokio. Nueva York. Venecia. Pekín. Londres. Berlín. París. Ámsterdam. Bolonia. Tampa. València. Y por supuesto, Castellón, base de operaciones de las dos fotógrafas. Han fotografiado paisajes y personas, pero las ciudades son las que han vertebrado su proyecto, las que lo han hecho crecer, las que le han conferido una poderosa identidad. Cada ciudad es un nuevo reto porque implica emprender, una vez más, el conocimiento de una luz nueva. Porque cada luz requiere una temperatura distinta dentro de ese horno de cocción que es la lata. Así definen ellas a sus cámaras, la lata es el horno, y el papel fotográfico, el alimento a cocinar. La luz de Tokio en enero. La luz de Marrakech en verano. En 2009, fue la luz de Nueva York la que les impuso su primer gran reto. Fueron en busca de los edificios más representativos y ya no pudieron parar de seguir explorando las posibilidades visuales del contexto urbano. Después se impuso la necesidad de viajar a Japón. Marinela lleva años estudiando la cultura, el idioma, la gastronomía del país. La primera visita que realizaron a Tokio fue una revelación. Absorbieron el estímulo visual de una ciudad en la que tradición y modernidad conviven de manera impactante. El equilibrio entre minimalismo y maximalismo. Ellas mismas nos explican su estrategia para captar imágenes metropolitanas: “Primero buscamos los edificios icónicos de cada lugar. Nuestro objetivo es lograr una imagen que, por sí misma, sea capaz de definir una ciudad. La Torre Eiffel fotografiada desde un ángulo que la convierte en una figura casi femenina, sensual. Un canal de Ámsterdam enmarcado a través de la rueda de una bicicleta. La silueta de una persona protegida por un paraguas contemplando el mar en Gijón. Alcanzar ese nivel de síntesis es nuestro objetivo, ser capaces de transmitir la esencia de un lugar con una sola imagen”. Porque la fotografía, dijo Vivian Maier, no es una invención sino un descubrimiento.
Que ellas mismas hayan acabado apareciendo más que ninguna otra figura humana en sus obras es algo inherente a la propia dinámica del cocinado de sus fotos. Aquí, el tiempo de exposición es infinitamente superior al de la fotografía convencional. La inmovilidad es fundamental y de ahí viene esa vieja frase recurrente que advierte de que quien se mueva no sale en la foto. Las personas que pululan por las calles que ellas fotografían no son conscientes de que acabarán convertidas en fantasmas. Lola y Marinela, en cambio, conocen el secreto para no desaparecer: la inmovilidad. Han conseguido proezas tales como aparecer en la Plaza de San Marcos de Venecia sin nadie alrededor; también se han inmortalizado en la Plaza de Brandemburgo, en la de Tiananmén, lugares que, gracias a ellas, aparecen ante nuestros ojos como escenarios fantasmagóricos ajenos al trasiego de peatones y turistas. Fotolateras vacían el entorno. Se quedan a solas con él. Además de espías, son alquimistas. Alquimistas nómadas que saben cuánto hay de cierto en aquella cita de Susan Sontag que decía que coleccionar fotografías es coleccionar el mundo. A medida que acumulan imágenes, acumulan conocimientos, sabiduría. Su propia mirada les devuelve esos detalles que de otra manera no percibiríamos. Son divulgadoras de pequeñas verdades secretas
Para Fotolateras, la técnica no es más que una vía para perfeccionar el momento fotográfico. Ellas controlan todo el proceso: la construcción de la cámara, la elección de esta, la planificación de la fotografía y su posterior revelado. Sus procedimientos son sencillos. Utilizan siempre un estenopo de 0’4 milímetros y el mismo tipo de papel. Las únicas variables son la luz y el tiempo de exposición. Son sus objetivos los que han ido definiendo su metodología. De ahí que a los viajes lleven consigo un laboratorio portátil que les permite evaluar lo antes posible los resultados. Sus maletas van llenas de líquidos químicos, papeles de revelado y latas. Enlatan monumentos y revelan las imágenes en la habitación del hotel. Es imposible predecir con exactitud que va a aparecer en una de esas instantáneas que siempre revelan en negativo, porque consideran que la imagen en negativo en mucho más rica. Desde el interior de sus latas se proyecta la vida.
Según Susan Sontag, el pintor construye y el fotógrafo, revela. Las imágenes de Fotolateras penetran a través de la retina y llegan al interior de quien mira. Ver sus imágenes o aprender a hacerlas de su mano es un proceso transformador. Sanador. Porque nos enseña cosas de nosotros mismos que hasta ese momento desconocíamos. Nos enseña a relacionarnos con el tiempo, a intimar con la luz. A saber más.


